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Partido Revolucionario de los Trabajadores

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Por la revolución Obrera, Latinoamericana y Socialista "El deber de todo revolucionario es hacer la revolución" (Che Guevara)

Historia de nuestro partido​

El partido hoy (Desplegar)

Luego de un cúmulo de frustraciones de los trabajadores y el pueblo en general, durante la década de los ’90, la burguesía entró en una grave crisis, producto del descontento social creciente. A la vez, quedaron en evidencia la carencia de representación de los partidos burgueses y la falta de credibilidad popular en toda la institucionalidad “democrática”, proceso que comenzara en 1983 con la apertura democrática y que terminara estallando los días 19 y 20 de diciembre de 2001. El hecho de que pasaran cinco presidentes en una semana, dio cuenta del nivel de esa crisis, aunque, ante la falta de una dirección revolucionaria que planteara otra salida para nuestra clase, el régimen pudo restablecerse. 

 

Luego del golpe cívico, militar y empresarial de 1976, comenzó el periodo democrático con el radical Raúl Alfonsín, quien afirmaba que: “con la democracia se cura, se come y se educa”. Sin embargo, rápidamente, quedaron demostradas, en la práctica, las mentiras que escondía su afirmación: las leyes de obediencia debida y punto final, el plan austral, el ajuste y la hiperinflación, el chantaje a través de las acciones de las fuerzas armadas para evadir la justicia por delitos de lesa humanidad, serian una prueba concreta de que la burguesía, a través de sus mecanismos institucionales, no garantizaba nada en beneficio del pueblo.

 

El gobierno del peronista Carlos Menem, con privatizaciones de los sectores estratégicos de nuestro país, una deuda externa impagable, altísimos niveles de corrupción, despidos masivos, las AFJP que robaban a los jubilados, generó, entre otros fenómenos, el más grave de todos: el de la desocupación y la pobreza estructural que nunca fueron erradicadas por ningún gobierno posterior. Efectivamente, todo ese desguace sólo benefició a un pequeño sector dedicado a la especulación financiera que fue posible, entre otras razones, gracias al cambio de la estructura productiva del país y a la vigencia de las leyes de Martínez de Hoz sobre entidades financieras, que consolidaron un sistema financiero privado y concentrado en manos extranjeras. Estas leyes no sólo aún hoy están vigentes, sino que ningún gobierno decidió eliminar. Todo lo contrario: fueron reforzadas con la ley de convertibilidad, mientras se vendían, como se decía en aquel entonces, hasta las joyas de la abuela. En realidad, lo que estaba sucediendo era el afianzamiento del capitalismo financiero. Tampoco nada cambió con la llegada de la Alianza, encabezada por De la Rúa y Chacho Álvarez que, lejos de mejorar la situación política, social y económica del pueblo, la empeoró a niveles insostenibles para las mayorías populares. 

 

Sería inocente pensar que no jugaron en estas protestas algunos sectores de la política burguesa. Pero, más allá de alguna direccionalidad, con el objetivo de controlar el hartazgo popular, en general, este levantamiento se caracterizó por su espontaneísmo: aunque hubo sectores que intentaron generar asambleas populares para lograr algún tipo de organización a ese descontento generalizado, la ausencia de una dirección revolucionaria, capaz de forjar acciones que llevaran la lucha a otro nivel, permitió el reciclaje de los mismos políticos cuestionados y el regreso a los mecanismos de la democracia burguesa repudiados por el pueblo.

 

El enemigo, entendiendo la gravedad de la situación abierta por su crisis de representación, buscó y encontró en el peronismo, una vez más, al aliado perfecto para salir de esa situación, aunque fuera temporalmente. Aplicando una serie de dadivas económicas pero, sobre todo, con concesiones políticas que no atacaron la base material del capital financiero del país, impuesto por la dictadura genocida con el plan de Martínez de Hoz, lograron sacar la soga que pendía en el cuello de nuestra clase y calmaron el ánimo de las masas. Sin embargo, ese vacío de representatividad aún sigue en debate y hasta genera graves luchas interburguesas en las que los trabajadores somos los convidados de piedra. Justamente por estas razones es que necesitamos forjar nuestra propia herramienta para construir un camino revolucionario que nos permita la defensa de nuestros derechos e intereses.

 

En este contexto, brevemente descripto, se cimentó la actual conformación del Partido Revolucionario de los Trabajadores, concretada definitivamente en el año 2002, con el desarrollo del VIº Congreso (Link congreso) que sentó sus bases inaugurales. Al igual que en 1965, cuando se fundara el PRT, los hechos de 2001 marcaron la necesidad de una dirección política revolucionaria que se planteara seriamente la toma del poder. El partido, en su reconstrucción, decidió continuar con la misma estrategia de su antecesor.  

 

Para llegar a esta instancia, se necesitó de la acción de Carlos Ponce de León (link que lleve a su biografía), militante del “viejo” PRT y excombatiente del Ejército Revolucionario del Pueblo. El “Negro”, tal como era conocido, fue quien se cargó al hombro la reconstrucción del partido, luego de analizar el vacío de representación. Fue su cuarto intento pues, antes, había realizado otras experiencias en la misma búsqueda. A su decisión se sumó un pequeño  grupo de militantes con la convicción de que, una vez más, los obreros y la clase trabajadora en general se encontraban desprovistos de la herramienta fundamental: El Partido Revolucionario que diera dirección a toda esa bronca popular sintetizada en la errónea consigna del “que se vayan todos”. ¿Por qué errónea? Por el hecho de que no podemos esperar que los representantes de la burguesía se “vayan”: la tarea de echarlos es nuestra y sólo la podemos llevar adelante los trabajadores organizados con una dirección política propia y clara, algo que, únicamente, puede hacer un partido revolucionario. 

 

La importancia de la reconstrucción y su proceso, que ya lleva 23 años, radicó y radica hasta el día de hoy en la necesidad de colocar nuevamente sobre la mesa el tema de la toma del poder por parte de la clase trabajadora con su vanguardia obrera y con la finalidad de superar al sistema capitalista en nuestro país e instaurar un sociedad socialista, justa para las mayorías olvidadas por la supuesta democracia.

 

Para comprender la dimensión de la empresa que nos propusimos los hombres y mujeres que hoy le damos vida al PRT con nuestra militancia, es necesario tener en cuenta algunos factores. En gran mayoría, quienes integramos el partido actualmente, no fuimos víctimas de las dictaduras genocidas: muchos vivimos nuestra juventud en la década de los ’90, sin referencias revolucionarias, no teníamos al Che ni, tampoco, a Ho Chi Minh. La caída de la URSS, además, fue el síntoma de la derrota sufrida por nuestra clase a nivel mundial. Quedó sólo Cuba como faro de dignidad. Tampoco conocemos un auge de masas como los vividos por la generación del ’70: tal vez lo más parecido que hayamos vivido fue aquel diciembre de 2001, con el agravante de que, los más jóvenes, apenas si tienen imágenes difusas de esos hechos. 

 

El Negro Ponce de León, nuestro hacedor en la formación revolucionaria, se convirtió en nuestro referente. Con su perseverancia, sin renunciar a nada del viejo partido y con la solidaridad característica de un revolucionario, compartió todos los conocimientos adquiridos durante su formación en el “viejo partido”. Muchos apostaron al fracaso de esta reconstrucción, arrastrados por el reformismo, el oportunismo, el espontaneísmo y los traidores, pero el Negro, nuestro compañero, logró mantener en alto las ideas del marxismo–leninismo y dar continuidad a los principios y valores históricos del PRT.

 

Carlos Ponce de León, encarcelado en 1973, logró su libertad en 1984, luego de una huelga de hambre realizada con otros compañeros durante el gobierno de Raúl Alfonsín, tras la cual fueron incluidos en el “2×1”. Desde la salida de la cárcel, retomó su trabajo como obrero metalúrgico, oficio que ejerció hasta que se jubiló con la categoría de oficial múltiple. A su vez, llevó adelante una de las tareas militantes más importantes de su vida: la reconstrucción del partido. Sin vacilaciones, él presenció, caracterizó y criticó la traición (link en la palabra traición que figura en el VI congreso) de la dirección partidaria que asumió tras la caída de Santucho y que, contra lo que determinaba el estatuto partidario y fuera de toda lógica revolucionaria básica, sacó la organización al exterior y dejó a los militantes en nuestro país a merced del enemigo: sin cobertura partidaria, solos en las cárceles, exiliados e insiliados, más algunos que seguían luchando con una línea política errónea. Es nuestro deber no dejar que las ideas liquidacionistas prosperen para no terminar “en las pestilentes ciénagas del reformismo”, como afirmaba el Negro. Esta reconstrucción, que hoy continúa, se desarrolla en un contexto en el que no abundan las facilidades para la organización de un partido revolucionario: la burguesía aprendió mucho de las décadas del ’60 y ’70, momento en que la lucha de los obreros y trabajadores tuvieron su pico máximo de organización revolucionaria. Por ello, utilizando todos los métodos disponibles, logró atomizar y dividir al proletariado y al pueblo en diversas luchas que, aunque muchas de ellas fueron y son justas, no plantearon ni plantean la cuestión de fondo: abolir la propiedad privada de los medios de producción y destruir el Estado burgués. 

 

No son pocas las organizaciones que han abonado a desarmar ideológicamente al proletariado, como el trotskismo, continuador de las políticas de Nahuel Moreno, y sus concepciones filosóficas metafísicas y, otros, como reproductores de ideas reformistas: las del autonomismo, el culto al espontaneísmo y el entrismo.  Estas organizaciones políticas tienen, como única estrategia, llegar a ocupar un lugar en el parlamento burgués, brindando falsas salidas al conjunto del pueblo trabajador y terminando en simples furgones de cola de la clase dominante. Su política y las prácticas lejanas a los valores revolucionarios, han aportado al reflujo de masas existente, sumados al individualismo que impregna a todo el pueblo. Son ideas y prácticas que se han convertido en un verdadero lastre para nuestra clase y el pueblo general. Marx ya nos señalaba que: “Las ideas de la clase dominante son, en todas las épocas, las ideas dominantes… La clase que dispone de los medios de producción material controla, al mismo tiempo, los medios de producción intelectual, de modo que, en general, las ideas de quienes carecen de ellos están sujetas a ella. Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, entendidas estas como ideas”.  Justamente esas ideas son las que debemos combatir. Identificar al enemigo de clase nos facilitará el proceso de unidad imprescindible para dar el salto necesario en la conciencia de clase.

 

Hoy, como ayer, nuestra tarea es dar la lucha ideológica sin medias tintas, con la verdad y de cara al pueblo trabajador. Entendemos que es vital desnudar cada acción de nuestro enemigo, exponer sus contradicciones y profundizarlas. Para ello es fundamental utilizar todos los medios disponibles y, para acertar lo máximo posible, es necesario aprender de quienes nos antecedieron. Damos importancia a la formación en el marxismo-leninismo, como lo hicieron nuestros predecesores, algo vital para ajustar lo más posible nuestros análisis de los fenómenos sociales, económicos y políticos de la realidad. 

 

Otro punto valioso es comprender que la fuente que nutre a nuestra organización es nuestro pueblo: no despegarnos un ápice de él es una condición para cada militante del PRT que debe convertirse en un cuadro político íntegro, un militante en el que el pueblo quiera reflejarse y pueda confiar. Si bien sabemos de la importancia de hacer crecer numéricamente el partido, tenemos claro que la mayor importancia está en poder desplegar una línea política correcta en cada etapa de la lucha: si nuestra política es correcta, los trabajadores la reproducirán y se irán acercando al partido.

 

Otra de las tareas que debemos seguir adelante es desterrar las ideas que sostienen el fin de la lucha de clases o que se puede hacer la revolución sin tomar el poder o aquéllas que plantean que los obreros y los trabajadores en general ya no son los sujetos históricos de la revolución. La postderrota de nuestra clase a nivel mundial ha permitido el despliegue de muchas teorías funcionales al enemigo, no sólo en Argentina, sino a nivel mundial. Por ello es necesario luchar contra la contaminación ideológica que ha creado una nube espesa en la conciencia de los trabajadores no permitiendo ver que ningún gobierno burgués solucionará nuestros problemas y, mucho menos, representará nuestros intereses, sino todo lo contrario. Siguiendo esta línea de pensamiento es que entendemos la necesidad de señalar cuál es el enemigo de clase: la burguesía, única responsable de todas nuestras penurias y de las injusticias que sufrimos. 

 

Nombrar a nuestro enemigo y señalarlo concretamente fue de las primeras tareas en el plano de la lucha ideológica que dio el PRT desde su reconstrucción porque, fieles al marxismo, sabemos que es el único concepto que define, en toda su extensión y profundidad, a la clase dominante. Saludamos que otros partidos y organizaciones, hoy, utilicen este concepto esclarecedor. Si comprendemos cuál es nuestro enemigo, estaremos más cerca de dar el  siguiente paso: trabajar por la unidad en la acción y, sobre todo, construir la unidad política. 

En el actual contexto, somos conscientes del desafío que representa militar la UNIDAD del campo popular, no sólo por la dispersión de nuestras fuerzas, por las falsas teorías o porque aún falte señalar con más decisión al enemigo de clase, sino porque, entre los mayores problemas que tenemos, están las prácticas sectarias que impregnan nuestra clase y anulan, con decisión manifiesta, cualquier intento de lucha unitaria. Eso aumenta la desconfianza de gran parte de nuestro pueblo hacia las organizaciones sociales y políticas, lo cual beneficia, con creces, a la clase dominante y, a la vez, nos aleja del camino revolucionario. Para nosotros, la unidad no es una palabra más dentro de nuestro vocabulario ni, tampoco, se desprende de ella cualquier acción: en todos los foros sostenemos la necesidad de devolverle su significado genuino y llenarla de contenido en la práctica.

 

Para ello, el partido de los ’60 y ’70 nos dejó varias enseñanzas. Aquí mencionaremos dos: la primera, conocida como “masacre de Trelew”, cuando los presos políticos de diversas organizaciones, entre las que destacaban las peronistas y las marxistas, comprendieron el planteo de la unidad realizado por el PRT para diseñar la fuga de la cárcel de alta seguridad de Rawson. La fuga fue un hecho que demostró que, cuando podemos concentrarnos en lo que nos une, todo es posible: logró sacar a los cuadros de dirección más importantes de las diferentes organizaciones. La matanza ejecutada por el enemigo demostró que, a la hora de reprimir o masacrar, no hace diferencias entre partidos, colores y banderías políticas. La segunda, fue la creación del Frente Antiimperialista por el Socialismo. El FAS fue una concebido como una herramienta, una organización tendiente a la unificación de las masas, que contemplara toda su diversidad y coincidiera en la caracterización de que el enemigo era uno. Esta experiencia aportó a desplegar organismos como el Movimiento Sindical de Base (MSB), el Frente Antiimperialistas de Trabajadores de la Cultura (FATRAC) y el Cine de la Base, entre otras tantas de la época. También formaron parte del FAS intelectuales, organizaciones de estudiantes, pueblos originarios y curas. En el FAS había peronistas, radicales, marxistas y hasta anarquistas. Fue, sin dudas, la mayor expresión de unidad de nuestra clase en un frente, fenómeno que debería ser estudiado para incorporar aprendizajes que nos sirvan de guía, teniendo en cuenta el actual contexto político, social y económico.

 

La revolución no será del PRT: la revolución es de y para todos los trabajadores.  A las revoluciones las hacen los pueblos. Por esta razón es que necesitamos a los mejores de cada partido, de cada organización social o sindical. Sabemos que debemos ser capaces de vencer los miedos impuestos: los de pensar y hacer con otros, aunque no seamos idénticos. Luchar contra el sectarismo es indispensable si realmente queremos llegar a la revolución socialista. Sólo así podremos estar en mejores condiciones para que el partido revolucionario se convierta en la vanguardia, en la dirección política de las masas para alcanzar la victoria.

 

La historia está de nuestro lado. Somos privilegiados al observar los hechos que se desarrollan a nivel mundial: asistimos a la caída del imperialismo del capital financiero anglosajón, con los yanquis a la cabeza. Están desesperados, sin capacidad de revolucionar las fuerzas productivas y sumidos en una colosal y terminal crisis de superproducción. Ante el mundo, Occidente muestra un nivel altísimo de ignorancia e imbecilidad, fenómeno que abre las posibilidades para generar un proceso revolucionario. Las condiciones objetivas están más que dadas, pero nos falta crear las condiciones subjetivas, cuya máxima expresión es la organización del partido revolucionario marxista-leninista. 

 

En diferentes lugares del mundo se comienzan a levantar voces contrarias al imperialismo, pero aún no llegan a ser revolucionarias. Está en nuestras capacidades lograr que este proceso se direccione hacia la toma del poder por parte de los obreros y los trabajadores, para terminar de una vez y para siempre con el sistema capitalista. No tenemos nada que perder, sólo romper nuestras cadenas y lanzarnos a la lucha por la Revolución Obrera, Latinoamericana y Socialista sabiendo que es nacional por su forma e internacional por su contenido.

¡Proletarios del mundo uníos! AVOMPLA.